LA FAMILIA, LA FOTOGRAFÍA Y EL AMOR

De las dos abuelas prefiero hablar enfáticamente de una. De los abuelos supe poco. Mudos patriarcas, aún miran, sospechosos, desde los álbumes plastificados y atesorados por las tías.
Mi mamá en cambio decidió no hacer más álbumes. Comenzó por recortar de las fotografías familiares la silueta de papá. Luego las de los parientes que durante los últimos años le habían dejado de hablar. Finalmente ya no uso ningún álbum, sino que hacia paqueticos con fotos que acumulaba por ahí y luego perdía.
Su hábito de empaquetar fotos tuvo una edición estelar, cuando tres tiros sopranos cruzaron la espalda de su esposo mientras este entraba a un Café. Nos consta que de fondo, en el sitio, sonaba una canción de Agustín Magaldi.


La nueva viuda ya no tuvo a quien recriminar con recortes fotográficos; los álbumes familiares quedaron parcialmente ciegos y Agustín Magaldi se convirtió en un fantasma que se agazapaba en la cocina todas las noches.
Pero empecé hablando de mi abuela: de la mala. Su fisonomía me llega ahora como la de una momia preservada en leche(1). Herede de ella el patetismo de perseverar en el error y sacar la nariz en último momento para resoplarle al mundo: “…y no me arrepiento”.
Terca, brutal y arrogante. No la quise ni aprecie: preveía su legado. Por muchos años fui el sobrino menor entre una casta con doce mil tíos de uñas limpias los domingos y aliento campesino entre semana. De ellos aprendí como la contradicción es un elemento fundamental de la realidad. Tras recordar las terribles sentencias o el abominable ardor de los pellizcos de la abuela, pasaban a exaltar sus dictámenes como ejemplo de justicia plasmándola incorrupta sobre una postal de cristiana devota y virginal
( Recuerdo ahora, un texto perdido, de algún autor Peruano, que escribió como la coherencia fue el más efectivo relato y la más inteligente estrategia de control entre religión, psicología y política durante siglo XIX occidental).
Pero volvamos al pasado. Jamás me sentí allegado a la Abuela ni a sus espacios. Asistí a su funeral con el auténtico deseo de tropel y montado en sensibilidad perruna: Iba con la tarea de percibir el mínimo resoplo de algún pariente ante la presencia de mi madre y de su hermana melliza, y tras ello armar un no sé qué mierdero de patadas y dientes, que es lo más letal que tenía uno a las once años.
Mi madre y mi tía, desde antes, habían sido expulsadas del álbum familiar y del coro de hijas de la abuela por asuntos básicamente católicos que enlodaban por igual la cara de mis tres hermanos, de sus hijos, y de los hijos de sus hijos por los siglos de los siglos. Ninguno de los que iniciaron esta ola de odio protagonizan de forma trasversal, es decir en conjunto, la totalidad los álbumes familiares. Aparecen como una eventualidad amarillenta rescatada por el scanner de un nieto curioso. Sus herederos hicieron por ellos, lo más sabio que podían hacer: olvidarlos.
Odio con fervor las fotos de mí mismo.
(1) Umberto Eco, sobre Ubertino Casale


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